El territorio callejero urbano de un viernes por la noche suele ser bastante más inhóspito que en un día cualquiera. El frenetismo que parece dominar la evolución del tráfico, alimentado por el círculo vicioso del inicio del fin de semana y todo lo que esto implica, impone una implícita e inmisericorde "ley del más fuerte" en una apología del acervo troglodita de la sociedad postmoderna. A duras penas queda entre tanto auto y desorden, suficiente espacio para que los viandantes nos escabullamos entre los resquicios de una típica estampa urbana.
El clima no es demasiado benigno para esta época del año, pero afortunadamente no tenemos que soportar el castigo de la lluvia, nada infrecuente en estos lugares. El cielo se encapotó trayendo la oscuridad prematuramente, y así el día parece acabarse a sí mismo detrás de un telón de nubarrones grises. El viento punzante de Febrero es más molesto que el grueso soplo acostumbrando en invierno y obliga a cubrirse la carne con mayor determinación. Sin embargo el día se aguanta y no requiero mayor explicación para cualquiera que conozca mínimante el clima de La Paz.
Casi ya es hora del encuentro y estoy en la puerta del café seleccionado. Frente mío se estira una atestada avenida que suele bullir de vida más intensamente por las noches, pero por de pronto cobija al enjambre de automóviles abandonando la ciudad en busca de su "acrópolis" de la Zona Sur algunos, o su "buhardilla proletaria" en El Alto, otros. Sin animarme todavía a entrar echo una mirada a través de los grandes ventanales de la fachada del café. Encuentro al menos un par de funcionarios públicos de mediano rango que preferirían no verme allí, un grupúsculo de turistas, probablemente europeos por sus ademanes y tipos, que dan cuenta de un groseramente abundante servicio, y hasta alguna pareja de enamorados de mediana edad que pasan unos momentos juntos después de salir del trabajo, sospecho que en religiosa infidelidad.
No encontré a quien estaba buscando. Todavía es temprano, así que me decido por entrar. El ambiente dentro del café es notablemente ruidoso, mucho más cálido y obliga a uno a quitarse las prendas de abrigo. El servicio, más que atento parece ansioso, y en menos de lo que me toma sentarme ya tengo tres versiones distintas de la carta delante de mí. Con toda la parsimonia necesaria reviso la carta una y otra vez, para desesperación del mesero que a poca distancia comienza a preocuparse, y cada vez con menor discreción, se acerca a mi mesa como procurando motivar una respuesta. Decido pedir un vaso de whisky.
Los ventanales trazados como en una cárcel de cristal abren el mundo de la calle dentro del pequeño y humeante recinto. Así como los senadores que apenas estiran el cuello para sorber su dilecto mokachino se sientan a mi derecha, en otra mesa claro está; un par de niños indigentes juguetean con una bolsa vacía detrás de otro de los espejos de la memoria, casi al alcance de mi mano. Y estamos todos ahí, casi sin percatarse el uno de la existencia del otro, pero vinculados mágicamente en un entramado de relaciones.
Todavía deslumbrado por el fulgor del ambarino whisky y la resonancia de las voces dentro del vaso, veo acercarse una figura familiar. Es un hombre maduro, si no mayor, de porte correcto y estampa sobria. Trae una gorra negra de fieltro, de las que usan los abuelos y algunos otros socialistoides, hasta yo a veces; un gabán gris, una pulcra bufanda blanca de lana delgada y unos gruesos lentes de montura oscura y antigua. Yo lo reconozco casi sin esfuerzo y me levanto instintivamente para señalarle mi ubicación. Lo invito a sentarse tras un caluroso saludo y esta vez soy yo quien llama al mesero para pedirle la carta.
Mientras mi entrevistado se apresta a ordenar, yo saco subrepticiamente la grabadora, el block y la agenda de mi maletín. Los acomodo alrededor mío y noto que algunos de los que se hallan más cercanos a mi mesa se percataron de esto, pero no parecen extrañados ni mucho menos. Él, como de ahora en adelante identificaré a mi entrevistado, me pide con mucha discreción que no lo llame “padre” que prefiere que le diga por su nombre de pila, cosa que me cuesta poco a pesar del gran respeto que tengo para con este señor.
Antes de empezar le aviso que probablemente podríamos, eventualmente, llegar a tocar algún tema un tanto incomodo para él; claro que el puede decidir si contesta o no la pregunta, por supuesto que mis intenciones son las de conseguir de su parte la mayor sinceridad posible, pero la decisión es totalmente suya. Él asiente pero me pide que procure dejar lo estrictamente personal para otro momento de mayor tranquilidad. Acepto de boca para afuera ycon mi mejor cara de santo corroboro mis intenciones antes de proceder con la entrevista.
Por unos instantes las preguntas parecen fluir sin parar, él las escucha y contesta sin parquedad, con mucha gallardía y a veces hasta me sorprende con la verticalidad de sus respuestas. Al final de cuentas tengo un clérigo delante de mí, sin embargo el no pone cortapisas de ninguna naturaleza y hasta llega a develar cierta información sin duda comprometedora para la curia en pleno. Luego, mientras el calor de la habitación comienza a traslucir en su rostro en forma de goterones de sudor inflamados del color de su negra vestimenta, de “civil” claro está, pero inconfundiblemente de traza sacerdotal; su voluntad parece comenzar a trabarse y encuentro mayor reticencia en sus respuestas, cada vez más tendientes al laconismo exagerado. Detengo la grabadora por un momento y pongo a un lado mis apuntes.
Un trago largo de mi bebida termina por empujarme hacia atrás en mi silla, ni comoda ni insufrible, apenas decente. Por primera vez reparo en el rostro de mi entrevistado. Y me sorprende la calidez perdida de esos ojos, la mansedumbre de ese rostro torvo, de corte recio, casi granítico, como de personaje de Humprey Bogart. Me duele profundamente cada arruga de su frente, cada cana de sus sienes tímidamente pobladas por huraños y escasos mechones. Le veo las manos temblorosas y el traje viejo, limpio pero visiblemente gastado y probablemente uno de una pobre y limitada selección. Comprendo lo duro que le resulta sobrellevar su existencia y cuanto puede haber hecho este hombre por su comunidad y sin embargo recibir un trato despreciativo poco digno para alguien de su talla moral. Estoy cara a cara con un hombre quebrado por la vida. Entonces me siento profundamente asqueado por lo que estuve haciendo, no estoy tratando con una cosa, un hecho o un triste libro al que puedo esquilmar de su información sin mayores contemplaciones. Es un hombre, por dios es un hombre.
Él mira de reojo su reloj pero parece que lo ha olvidado. Se preocupa sinceramente por mí y al notar mi postración delatada por mi postura sin duda alterada, y me pregunta si sucede algo. Yo tardo en responderle, sopesando infinitamente cada palabra antes de articularla. “Padre” le vuelvo a decir, “prefiero que suspendamos la entrevista, no creo conveniente realizarla en estas condiciones. Ni creo que sea prudente de mi parte seguir sometiéndolo a un acoso tan… indiscriminado. Es más, creo que no será necesario llevar adelante una entrevista como tal. Prefiero acompañarlo un tiempo en su quehacer, ser testigo de su vida, sus preocupaciones, retratarlo por sus obras… más que arrancándole datos con una palanca tan cruel como es la palabra.” La turbación de su rostro es natural, siente que ha hecho algo mal y cree necesario enmendarlo. Lo comprendo perfectamente, no soy novato en este negocio y por supuesto que cortar así una entrevista es el primer “Que no hacer” del manual (si existe semejante bodrio), pero reacciono a tiempo. “No padre, porque mejor no me lleva ahora, quisiera conversar con usted acerca mío… Lléveme a su casa, a su parroquia… sino podemos ir a algún otro lugar quizás, no sé.” El duda unos instantes pero decide que será mejor si vamos a su casa y me dice que podemos llegar caminando un par de cuadras nada más.
Pago yo la cuenta, dejo una propina vergonzosa junto con un amistoso y nada desangelado agradecimiento verbal al mesero, y salgo acompañando a mi interlocutor a su hogar, para seguir con mi trabajo. Y quizás el suyo también.
La caminata parece serenar los espíritus. A lo largo de la misma se entabla una extraña y palpable conexión, una charla entre dos hombres que por circunstancias de la vida se han visto en un lado y en otro, muy apartados pero extrañamente hermanados. Él decide contarme cosas que probablemente no hubiese conseguido ni con las más sofisticadas técnicas de entrevista. Yo tampoco me guardo demasiado y sin realmente pensarlo termino en lo más parecido a una “confesión” que he tenido en años, y no es que sea católico ni que esto importe realmente, pero pesan en el discurso de este hombre los mismos ideales de unos pocos grandes curas, como el inconmensurable “Lucho” Espinal, salvando las distancias, lo que me mueve a sincerarme y encontrar las verdades subyacentes en mi interior.
Así la noche termina por encontrarnos y prolongarse. Él hombre parece no cansarse de desahogarse y sigue dando rienda suelta a todo lo que quiere contar, sin que le preocupe cuanto me pueda esto interesar o si es información que el quisiera compartir conmigo o no. Esto no tiene importancia. El vínculo formado entre ambos espíritus se sostiene por sí sólo y encuentra gran impulso en este intercambio conceptual. Y él escucha y con increíble sapiencia contesta toda duda que yo pueda plantearle, sin siquiera vacilar un instante. Así seguimos hasta que él me avisa que hace mucho que pasamos su casa, que será mejor si regresa antes de que los peligros terrenales, de los que su condición de clérigo no lo protege, puedan cernirse sobre él. Yo lo despido con gran afecto y me comprometo a buscarlo en otro momento, cosa que ambos sabemos que no va a suceder.
Una sombra se aleja de mi posición. Yo busco el amparo de una plazoleta cercana y garabateo entre mis apuntes todo cuanto puedo encontrar en mi alborotada mente, y sin resignar siquiera aquello imposible de representar en el universo conceptual de mi cuaderno de notas. La noche se va haciendo corta, es cada vez menos “noche”, y el cuchillo del frío de la madrugada hace presa de mi carne. Sin embargo una vez que he sacado de mi cabeza todo cuanto he creído necesario, me levanto de la banca donde me había instalado, y con los primeros rayos del alba emprendo la retirada hacia mi casa, sabiendo que he cumplido con mi trabajo más inmediato.
La arquitectura devastada de los alrededores saluda los quejidos matutinos de una tiniebla espesa que se disipa batida por el sol pálido del amanecer. Mis pasos perdidos entre ideas incontrolables me llevan nuevamente a la seguridad de mi vida, una vida demasiado llena para reparar quizás en su intrínseca vaciedad. El recuerdo se va haciendo cada vez más difuso y la distancia de la memoria esconde entre los afanes de la mañana una noche en la que un hombre tuvo la voluntad de encontrarse.
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Bien, rebotando entre La Paz y Cochabamba apenas si pude poner aquí este “emotivo” recuento que escribí aquella noche en la plazuelita desconocida que me brindó asilo por algunas horas. El caso es que en medio del frenesí de las fiestas de Carnaval tuve que parar el desarrollo de este reportaje por otros quizás más urgentes, al menos según mi estimadísimo editor y atendiendo sus pedidos cargados de insultos. Sin embargo esto no afectará a este proyecto, ni mucho menos, para ira de dicho señor.
Entonces apenas haya sobrevivido a la resaca monumental de estas fiestas, proseguiré con el recuento de esta historia; trayéndoles una pormenorizada crónica del desarrollo de este reportaje. Desde los “cuarteles de invierno”, “las tullerías” o el propio “Versalles”, siempre y cuando pueda acceder al Internet, claro está. Así que a no desesperar mi fiel, selecto y reducido público.
Hasta entonces, me disuelvo.
Con todo pudor,
Toussant