Monday, October 09, 2006

Feliz Cumpleaños Mocoso

Se prepara una reedición de los acid tests. Quien quiera unirse a la celebración del primer cumpleaños de este blog, pues puede hacerlo. Ya pasó, pero cualquier pretexto sirve para el descontrol. A pesar de que ya le pasaron el trapo por encima en BlogsBoliva, seguimos siguiendo. Atención con el trencito del LSD, parte hoy. Que parte, parte ya.

Si se topan con un vehículo hippioide, con Jefferson Airplane estallando las bocinas, hedor a makoña y figuraciones lisérgicas, saluden. Los saludará de vuelta la sinestesia.
El recuento, a la vuelta.

Monday, March 13, 2006

Historia de Pelotas, Pelotazos y Pelotudos (Parte 1)

Apenas hace un par de horas que regresé. Mi piel, cuarteada por una inclemente sobre exposición solar, clama un más que necesario baño; necesidad hecha evidente por el apestoso olor que despide mi cuerpo, todo pegajoso y manchado por plastones de mugre. Mis articulaciones comienzan a atrofiarse lentamente, cediendo al influjo del ácido láctico acumulado innecesariamente en los músculos, abrasados por el fuego de la makhurka primero y agarrotados luego; parece relamerme el cuerpo un ardor sordo y constante que exudo en vaporosas y abundantes gotas de sudor mezclado en efluvios de sales minerales esenciales para mi cuerpo. Mis dedos de los pies están ampollados por completo, el pulgar derecho sangra y apenas si puedo pisar con ese pie. Me aparecen juanetes sobre los viejos juanetes, los callos de anteriores ocasiones florecen en ramilletes de pústulas y ya desearían tener un espacio más amplio para supurar a sus anchas. La garganta y el pecho me duelen mucho. No termino de recuperar el aliento y ese saborcito salado de las últimas reservas quemadas por el stock del cuerpo, inunda mi boca todavía magullada. Mis piernas están cada vez más pesadas y el paso del tiempo revela nuevos dolores no percibidos en el instante en que fueron provocados. Estoy hecho un guiñapo. Mi cara parece sacada de una fotografía de esas que ponen en las publicaciones de la morgue, solicitando que alguien recoja algún cadáver amigo. El pelo sucio y medio almidonado por la transpiración se sujeta arrebatado y atildado, la cara enrojecida hasta el extremo, los ojos entre amarillos e inyectados, todo enmarcado por goterones de sudor seco ennegrecido en lechos parduscos pegados a los lados de mi cara, enmarcando el espectáculo patético de verme en pantalones cortos.
Mi mente comienza a nublarse fruto de la hiperventilación, la pérdida electrolítica y la sincope autoinducida al empaparme el rostro desesperado por enfriar mi sangre y estimular la apertura de los poros, o quizás por beber una cerveza congelada prácticamente de un solo trago y sin respiro. Decido, aún antes de bañarme y apenas poniendo mis magullados pies a buen recaudo, sentarme a escribir está experiencia bélica. Acabo de regresar de jugar un partido de fútbol.

Ahora que sufro las consecuencias me pregunto, ¿cómo me metí yo en esto? Y trato de culpar a mi pobremente sostenida posición de rechazo. Bien pude haberme negado con mayor firmeza ante la insistencia del editor (este vil y ya famoso personaje del blog) en incluirme en el equipo de fútbol del periódico para el torneo “inter – medios” (bueno bueno, no es un torneo que digamos pero es un buen pretexto para juntarse a “pelotear” un rato antes de ir a beber hasta olvidar el partido). Al final de cuentas terminé cediendo, en parte porque en mi currículum (maldito e inútil pedazo de papel) consta que formé parte de un equipo de la asociación cochabambina de fútbol (en segunda división, pero en fin), asunto que hice constar por no dejar el apartado de “actividades físicas” absolutamente en blanco. Y en honor a la verdad no se trata de ninguna mentira, aunque de ahí a que tenga yo aptitud para jugar, pues hay mucho trecho. Al final de cuentas quedé en unirme al equipo para el partido del sábado por la tarde.

No soy un novato en este tipo de lides y de hecho alguna vez ya jugué para este equipo (bastante malo por cierto) en el que me desempeño como segundo central, marcando por la derecha cuando jugamos con línea de cuatro, y un poco menos escoriado cuando lo hacemos con línea de tres; a veces hasta de libero terminé jugando, cuando estuvimos cerca de perder por “walk over”. Además de mi persona en el equipo resaltan (entre todos sumamos cerca de 16 pero solamente mencionaré a los más ‘notables’); nuestro arquero, un señor bastante mayor pero sorprendentemente ágil para los años que tiene encima, y creo que sería capaz de poner en vergüenza a más de un arquero de la liga profesional; el otro central, un hombrón de portentosa talla pero más bien gordo, tremendamente “foulero” en la marca, con él nos entendemos muy bien y formamos nuestra propia variante de la “defensa siciliana”; un menudo puntero izquierdo de pique endiablado, el ‘pitufo’ del equipo, que si además de correr supiese gambetear sin tropezar con el balón al mismo tiempo, sin duda estaría jugando en Europa; un fanfarrón volante de marca con una extremadamente notoria panza que parece frenarlo en el pique, pero de muy buena pegada y el verdadero “duro” del equipo; nuestro “crack” y capitán, el 10 del equipo, un ex jugador del The Strongest, ahora jubilado y que tras probar suerte como técnico en un equipo de quinta, terminó haciendo notas deportivas para nuestro periódico y tomando además la batuta del equipo como director técnico “ad honorem”, y finalmente el ‘chango’ del equipo, que actualmente oficia de mensajero pero probablemente nadie lo nota realmente si no es en el equipo de fútbol, donde se desempeña como delantero, con gran calidad y mejores aptitudes, es un individuo dotado para su puesto pero probablemente también porque es el de menor edad en el equipo y el que en mejor estado físico se encuentra, aparte de que todavía entrena en “ABB” por las tardes.
Pero no olvidemos a nuestro dilecto editor, que contra todo pronóstico suele animarse a alternar (escasamente, pero lo hace) en alguno que otro segundo tiempo, generalmente cuando todo está resuelto o las cosas no pueden ponerse ya peores; cubriendo la banda derecha como medio centro, así que muchas veces terminé cargando con sus fallas o chocando con su falta de pericia con el balón, pues es casi tan mal jugador como yo. Lamentablemente coindicimos en la demarcación en la cancha, por lo que nuestro sector puede convertirse en un agujero negro más que un colador cuando ambos coincidimos en los yerros. Sin embargo, por lo general y como en esta ocasión, el editor termina afincado al borde del campo de juego; vociferando instrucciones que nadie toma en serio, pero dándose los aires de “mister” (como socarronamente trata de hacerse llamar “el D.T.” en su natal lengua castiza) del equipo.

Bueno, los días previos al partido, y conocedor de mi precaria condición física, decidí trotar al menos un par de minutos por los alrededores de mi vivienda. Imaginé que acompañado por un i – pod, como nos venden los americanos en sus postales de vida, resultaría una experiencia bastante agradable y digna de realizarse. Así que me puse un traje deportivo, escogiendo premeditadamente una sudadera azul con capucha, con la que me cubrí la cabeza por el solo gusto de querer parecer un púgil; me calcé unos tenis blancos bastante horrendos (y recordé porque me los pongo tan infrecuentemente) y que además han visto mejores días, y cogiendo mi flamante i – pod shuffle me apresté a comenzar la rutina. No corresponde a este post ahondar en los pormenores de la faena atlética, que resultó sorprendentemente corta y accidentada, puesto que parece que La Paz no es una plaza de entrenamiento amistosa con el eventual maratonista; aparte de que el asunto del i – pod se hizo bastante molesto, ya que los cables se me enredaban constantemente, o necesitaba de mi capacidad auditiva estereoscópica para prevenirme de los automóviles en embestida y debía quitarme los audífonos con excesiva frecuencia, y hasta el mismo aparato que resultó manchado y pegajoso por el sudor de mis dedos acabó cayéndose al menos un par de veces. Una vez hube regresado a casa, entre agotado y enojado conmigo mismo y en especial con la ciudad que parecía reírse de mi ingenuidad, decidí de mala gana obligarme a repetir la sesión al día siguiente, mascullando el secreto alivio de la seguridad de que no sería así.

De cualquier manera me conformé con abandonar, temporalmente y mientras durase este tiempo de acondicionamiento para la competición, mis hábitos más autodestructivos, procurando evitar los excesos y las conductas impropias que suelen ser muy corrientes en mí y podrían repercutir negativamente en mi ya depauperada capacidad atlética. En vistas de la imposibilidad de trotar juré hacer una rutina de 10 flexiones y 50 abdominales diarias antes de acostarme y al levantarme, pero mi falta de disciplina me traicionó también aquí.

Ya tocando ribetes cercanos a la santidad, gracias a mi totalmente abstemio y “saludable” estilo de vida adoptado por tres días enteros, llegué al día del juego. Era un sábado como cualquier otro, pero parecía que el cuerpo ya sentía la adrenalina previa al choque, estimulando y preparando mi físico; parecía que comenzaba a reaccionar favorablemente sin razón real (¿o sería fruto de mi vida libre de toxinas?) limpiando mi vista y otorgándole mejor tono a mis, de otra forma flácidos e invisibles, músculos. Me sentía más alerta y hasta con mejor capacidad de respiración, creía que me había conseguido un cuerpo nuevo y reacondicionado. Entonces, fue casi una experiencia orgásmica el levantarme tan vital y rebosante de energía, de un salto de cinco metros y absolutamente conciente de mis acciones (no como la mayoría de los otros día, en los que termino de despertar después del almuerzo); para luego comprobar, no falto de morbo, cómo todavía no exhibía un espectáculo del todo repulsivo al quitarme la camiseta, aunque no me rebajé a hacer maromas frente a un espejo para sobar mis músculos hinchados como un culturista; en fin, terminé disfrutando del aseo matutino más de lo habitual.

Acorde con mi entonces válida filosofía de vida “limpia”, y sabedor de mi necesidad evidente de reservas energéticas para el juego (no iría a almorzar para evitar problemas gástricos en pleno partido) decidí tomar un desayuno equino, basado en un descomunal plato de avena con polen y alrededor de un litro de jugo, que preparé con cuanta fruta pude encontrar a mano y realmente poca agua (a mis dueños de casa : si están leyendo esto ya sabrán que el bowl no lo rompió el gato).

La mañana pasó más bien rápidamente, entre cumplir un par de obligaciones rutinarias y la emoción del cada vez más próximo encuentro. Alrededor de medio día alisté en un maletín de lona negra mi uniforme (bastante simple pero con los colores institucionales) compuesto por una camiseta número “3”, un short también estampado con el mismo número, mis “cachos” (o “chuteras”, o zapatillas de fútbol) para pasto bajo, con tapones metálicos; un par de medias adicionales, unas viejas canilleras que nunca uso, las medias del uniforme, una tobillera que tampoco uso, una venda vieja y maloliente, el infaltable “linimento” mentolado para calentar las articulaciones ensarradas, una toalla sucia y pringada de pasto y sudor e introduje en el mismo bolsón mis llaves y un puñado de billetes de baja denominación. Cerré el maletín y esperé al compañero que pasaría a recogerme para ir a la cancha, maquinando el planteamiento del partido con obsesiva manía, concentrándome en las jugadas y como reaccionaría en cada una de ellas; meciendo una pelota con el pie derecho casi automáticamente, con la vista perdida entre un par de pelotas sobre la cancha, perseguidas durante dos horas enteras por 11 individuos en una primitiva manifestación de fuerza y pericia, y contemplando desde el otro lado, a un pelotudo a punto de ser castigado a pelotazos.

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El partido, de cómo llegué a tan precario estado tras él y los pormenores de otras situaciones absolutamente peloteras en la parte dos de este ya extenso relato.

No desesperen, este post deberá estar aquí en apenas un par de días, o menos.

Por de pronto me disuelvo, hasta el post entrante.

Con todo pudor,


Toussant

Thursday, February 23, 2006

La Entrevista


El territorio callejero urbano de un viernes por la noche suele ser bastante más inhóspito que en un día cualquiera. El frenetismo que parece dominar la evolución del tráfico, alimentado por el círculo vicioso del inicio del fin de semana y todo lo que esto implica, impone una implícita e inmisericorde "ley del más fuerte" en una apología del acervo troglodita de la sociedad postmoderna. A duras penas queda entre tanto auto y desorden, suficiente espacio para que los viandantes nos escabullamos entre los resquicios de una típica estampa urbana.

El clima no es demasiado benigno para esta época del año, pero afortunadamente no tenemos que soportar el castigo de la lluvia, nada infrecuente en estos lugares. El cielo se encapotó trayendo la oscuridad prematuramente, y así el día parece acabarse a sí mismo detrás de un telón de nubarrones grises. El viento punzante de Febrero es más molesto que el grueso soplo acostumbrando en invierno y obliga a cubrirse la carne con mayor determinación. Sin embargo el día se aguanta y no requiero mayor explicación para cualquiera que conozca mínimante el clima de La Paz.

Casi ya es hora del encuentro y estoy en la puerta del café seleccionado. Frente mío se estira una atestada avenida que suele bullir de vida más intensamente por las noches, pero por de pronto cobija al enjambre de automóviles abandonando la ciudad en busca de su "acrópolis" de la Zona Sur algunos, o su "buhardilla proletaria" en El Alto, otros. Sin animarme todavía a entrar echo una mirada a través de los grandes ventanales de la fachada del café. Encuentro al menos un par de funcionarios públicos de mediano rango que preferirían no verme allí, un grupúsculo de turistas, probablemente europeos por sus ademanes y tipos, que dan cuenta de un groseramente abundante servicio, y hasta alguna pareja de enamorados de mediana edad que pasan unos momentos juntos después de salir del trabajo, sospecho que en religiosa infidelidad.

No encontré a quien estaba buscando. Todavía es temprano, así que me decido por entrar. El ambiente dentro del café es notablemente ruidoso, mucho más cálido y obliga a uno a quitarse las prendas de abrigo. El servicio, más que atento parece ansioso, y en menos de lo que me toma sentarme ya tengo tres versiones distintas de la carta delante de mí. Con toda la parsimonia necesaria reviso la carta una y otra vez, para desesperación del mesero que a poca distancia comienza a preocuparse, y cada vez con menor discreción, se acerca a mi mesa como procurando motivar una respuesta. Decido pedir un vaso de whisky.

Los ventanales trazados como en una cárcel de cristal abren el mundo de la calle dentro del pequeño y humeante recinto. Así como los senadores que apenas estiran el cuello para sorber su dilecto mokachino se sientan a mi derecha, en otra mesa claro está; un par de niños indigentes juguetean con una bolsa vacía detrás de otro de los espejos de la memoria, casi al alcance de mi mano. Y estamos todos ahí, casi sin percatarse el uno de la existencia del otro, pero vinculados mágicamente en un entramado de relaciones.
Todavía deslumbrado por el fulgor del ambarino whisky y la resonancia de las voces dentro del vaso, veo acercarse una figura familiar. Es un hombre maduro, si no mayor, de porte correcto y estampa sobria. Trae una gorra negra de fieltro, de las que usan los abuelos y algunos otros socialistoides, hasta yo a veces; un gabán gris, una pulcra bufanda blanca de lana delgada y unos gruesos lentes de montura oscura y antigua. Yo lo reconozco casi sin esfuerzo y me levanto instintivamente para señalarle mi ubicación. Lo invito a sentarse tras un caluroso saludo y esta vez soy yo quien llama al mesero para pedirle la carta.

Mientras mi entrevistado se apresta a ordenar, yo saco subrepticiamente la grabadora, el block y la agenda de mi maletín. Los acomodo alrededor mío y noto que algunos de los que se hallan más cercanos a mi mesa se percataron de esto, pero no parecen extrañados ni mucho menos. Él, como de ahora en adelante identificaré a mi entrevistado, me pide con mucha discreción que no lo llame “padre” que prefiere que le diga por su nombre de pila, cosa que me cuesta poco a pesar del gran respeto que tengo para con este señor.

Antes de empezar le aviso que probablemente podríamos, eventualmente, llegar a tocar algún tema un tanto incomodo para él; claro que el puede decidir si contesta o no la pregunta, por supuesto que mis intenciones son las de conseguir de su parte la mayor sinceridad posible, pero la decisión es totalmente suya. Él asiente pero me pide que procure dejar lo estrictamente personal para otro momento de mayor tranquilidad. Acepto de boca para afuera ycon mi mejor cara de santo corroboro mis intenciones antes de proceder con la entrevista.

Por unos instantes las preguntas parecen fluir sin parar, él las escucha y contesta sin parquedad, con mucha gallardía y a veces hasta me sorprende con la verticalidad de sus respuestas. Al final de cuentas tengo un clérigo delante de mí, sin embargo el no pone cortapisas de ninguna naturaleza y hasta llega a develar cierta información sin duda comprometedora para la curia en pleno. Luego, mientras el calor de la habitación comienza a traslucir en su rostro en forma de goterones de sudor inflamados del color de su negra vestimenta, de “civil” claro está, pero inconfundiblemente de traza sacerdotal; su voluntad parece comenzar a trabarse y encuentro mayor reticencia en sus respuestas, cada vez más tendientes al laconismo exagerado. Detengo la grabadora por un momento y pongo a un lado mis apuntes.
Un trago largo de mi bebida termina por empujarme hacia atrás en mi silla, ni comoda ni insufrible, apenas decente. Por primera vez reparo en el rostro de mi entrevistado. Y me sorprende la calidez perdida de esos ojos, la mansedumbre de ese rostro torvo, de corte recio, casi granítico, como de personaje de Humprey Bogart. Me duele profundamente cada arruga de su frente, cada cana de sus sienes tímidamente pobladas por huraños y escasos mechones. Le veo las manos temblorosas y el traje viejo, limpio pero visiblemente gastado y probablemente uno de una pobre y limitada selección. Comprendo lo duro que le resulta sobrellevar su existencia y cuanto puede haber hecho este hombre por su comunidad y sin embargo recibir un trato despreciativo poco digno para alguien de su talla moral. Estoy cara a cara con un hombre quebrado por la vida. Entonces me siento profundamente asqueado por lo que estuve haciendo, no estoy tratando con una cosa, un hecho o un triste libro al que puedo esquilmar de su información sin mayores contemplaciones. Es un hombre, por dios es un hombre.

Él mira de reojo su reloj pero parece que lo ha olvidado. Se preocupa sinceramente por mí y al notar mi postración delatada por mi postura sin duda alterada, y me pregunta si sucede algo. Yo tardo en responderle, sopesando infinitamente cada palabra antes de articularla. “Padre” le vuelvo a decir, “prefiero que suspendamos la entrevista, no creo conveniente realizarla en estas condiciones. Ni creo que sea prudente de mi parte seguir sometiéndolo a un acoso tan… indiscriminado. Es más, creo que no será necesario llevar adelante una entrevista como tal. Prefiero acompañarlo un tiempo en su quehacer, ser testigo de su vida, sus preocupaciones, retratarlo por sus obras… más que arrancándole datos con una palanca tan cruel como es la palabra.” La turbación de su rostro es natural, siente que ha hecho algo mal y cree necesario enmendarlo. Lo comprendo perfectamente, no soy novato en este negocio y por supuesto que cortar así una entrevista es el primer “Que no hacer” del manual (si existe semejante bodrio), pero reacciono a tiempo. “No padre, porque mejor no me lleva ahora, quisiera conversar con usted acerca mío… Lléveme a su casa, a su parroquia… sino podemos ir a algún otro lugar quizás, no sé.” El duda unos instantes pero decide que será mejor si vamos a su casa y me dice que podemos llegar caminando un par de cuadras nada más.

Pago yo la cuenta, dejo una propina vergonzosa junto con un amistoso y nada desangelado agradecimiento verbal al mesero, y salgo acompañando a mi interlocutor a su hogar, para seguir con mi trabajo. Y quizás el suyo también.

La caminata parece serenar los espíritus. A lo largo de la misma se entabla una extraña y palpable conexión, una charla entre dos hombres que por circunstancias de la vida se han visto en un lado y en otro, muy apartados pero extrañamente hermanados. Él decide contarme cosas que probablemente no hubiese conseguido ni con las más sofisticadas técnicas de entrevista. Yo tampoco me guardo demasiado y sin realmente pensarlo termino en lo más parecido a una “confesión” que he tenido en años, y no es que sea católico ni que esto importe realmente, pero pesan en el discurso de este hombre los mismos ideales de unos pocos grandes curas, como el inconmensurable “Lucho” Espinal, salvando las distancias, lo que me mueve a sincerarme y encontrar las verdades subyacentes en mi interior.

Así la noche termina por encontrarnos y prolongarse. Él hombre parece no cansarse de desahogarse y sigue dando rienda suelta a todo lo que quiere contar, sin que le preocupe cuanto me pueda esto interesar o si es información que el quisiera compartir conmigo o no. Esto no tiene importancia. El vínculo formado entre ambos espíritus se sostiene por sí sólo y encuentra gran impulso en este intercambio conceptual. Y él escucha y con increíble sapiencia contesta toda duda que yo pueda plantearle, sin siquiera vacilar un instante. Así seguimos hasta que él me avisa que hace mucho que pasamos su casa, que será mejor si regresa antes de que los peligros terrenales, de los que su condición de clérigo no lo protege, puedan cernirse sobre él. Yo lo despido con gran afecto y me comprometo a buscarlo en otro momento, cosa que ambos sabemos que no va a suceder.

Una sombra se aleja de mi posición. Yo busco el amparo de una plazoleta cercana y garabateo entre mis apuntes todo cuanto puedo encontrar en mi alborotada mente, y sin resignar siquiera aquello imposible de representar en el universo conceptual de mi cuaderno de notas. La noche se va haciendo corta, es cada vez menos “noche”, y el cuchillo del frío de la madrugada hace presa de mi carne. Sin embargo una vez que he sacado de mi cabeza todo cuanto he creído necesario, me levanto de la banca donde me había instalado, y con los primeros rayos del alba emprendo la retirada hacia mi casa, sabiendo que he cumplido con mi trabajo más inmediato.

La arquitectura devastada de los alrededores saluda los quejidos matutinos de una tiniebla espesa que se disipa batida por el sol pálido del amanecer. Mis pasos perdidos entre ideas incontrolables me llevan nuevamente a la seguridad de mi vida, una vida demasiado llena para reparar quizás en su intrínseca vaciedad. El recuerdo se va haciendo cada vez más difuso y la distancia de la memoria esconde entre los afanes de la mañana una noche en la que un hombre tuvo la voluntad de encontrarse.

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Bien, rebotando entre La Paz y Cochabamba apenas si pude poner aquí este “emotivo” recuento que escribí aquella noche en la plazuelita desconocida que me brindó asilo por algunas horas. El caso es que en medio del frenesí de las fiestas de Carnaval tuve que parar el desarrollo de este reportaje por otros quizás más urgentes, al menos según mi estimadísimo editor y atendiendo sus pedidos cargados de insultos. Sin embargo esto no afectará a este proyecto, ni mucho menos, para ira de dicho señor.

Entonces apenas haya sobrevivido a la resaca monumental de estas fiestas, proseguiré con el recuento de esta historia; trayéndoles una pormenorizada crónica del desarrollo de este reportaje. Desde los “cuarteles de invierno”, “las tullerías” o el propio “Versalles”, siempre y cuando pueda acceder al Internet, claro está. Así que a no desesperar mi fiel, selecto y reducido público.

Hasta entonces, me disuelvo.


Con todo pudor,


Toussant

Friday, February 17, 2006

El Estallido Gay

9:15 de la mañana. Es un día viernes, 'normal' y poco ajetreado según lo que usualmente suele ser un día corriente. La mañana cruzaba por el monitor de mi computadora; habiendo ya terminado el trabajo usual y sin demasiadas ganas de hacer otra cosa que no sea girar de un lado a otro en la silla de mi escritorio, leer tonterías en Internet y escuchar algunas notas atropellarse al salir relamiéndose y oscilando desde los crepitantes parlantes de mi equipo de audio. No había tampoco nada mejor que hacer, hasta que una copia de un diario local, de evidente corte amarillista y muy popular por acá, se estrelló sobre el sector izquierdo de mi escritorio. Era mi editor el que lo había estampado contra mi contrahecha mesa de trabajo, acompañando el gesto con una contorsión de su rostro que suele hacer cuando quiere otorgarse seriedad, y me dijo que encontrara algo mejor que hacer, que había material interesante para “investigar” en este periódico de algún día pasado. Esbocé una mueca de “acepto bajo mis condiciones” y dejé que le contestara la voz de Billy Corgan desde su cristalina “Tonight Tonight” que sin pedir permiso a nadie ahuyentó al editor sin mayores preámbulos.

Y el pedido en cuestión tuvo que esperar, porque debía primero terminar de contestar mi correspondencia atrasada, leer algunas notas más interesantes y finalmente dejar pasar el tiempo un poco más. No podía darle el gusto así por así a este señor, si no se serenaba primero; cosa que suele hacer el tiempo con nuestro sulfúrico editor. Una vez que hube terminado de hacer todo esto, levanté finalmente el periódico, del cual nunca he sido gran fanático en realidad, y lo abrí al azar.

Ante mi se despliega una página que en todo lo largo exhibe, como si se tratase de la más vulgar mercancía, trabajadoras sexuales que ofertan sus servicios a todo precio y para todo gusto. Anuncios los hay de todo tipo, los que dicen “Hasta por la colita”, los que apuntan al lado de una foto de una modelo anglosajona “foto real”, los más usuales “Señoritas Universitarias” o los otros que proclaman tener “Señoritas recién llegadas del Oriente” y hasta el que ofrece “100% lesbianismo real”. Creo que pasaron los viejos tiempos del “Solo para Ejecutivos” hace poco más de una década atrás. Hoy hay de todo ya para todos, algo reconfortante pues da atisbos de un repliegue de ese falso y moralizante imperio de la ética colonial que hasta hace muy poco tiempo se percibía por aquí. No puedo decirme sorprendido por las ofertas pues esto no es novedad alguna para nadie, pero de entre todos me llamaron poderosamente la atención un par de anuncios. El primero parece hallarse en una abierta guerra de precios y por todo lo alto anuncia que sus servicios se cotizan en 10 Bolivianos por el “servicio completo”, atienden en El Alto y registro el teléfono en un pequeño papel que encuentro a mano.
El segundo me atrae aún más, por la parafernalia “sadomasoquista” que parece evocar; muestra un puñado de señoritas semidesnudas con unas “máscaras felinas” que supongo se ponen más por esconder su identidad que por convicciones relacionadas a la parafilia que confieso me atrae y bastante, por otra parte estas damas están algo rollizas y tales atavios no las favorecen para nada. Apunto también este teléfono y abrazo la posibilidad de abordar, si acaso, un tema afín a este. Pero parece que esta no es la verdadera 'semilla' que pretendió darme el editor. Ya luego veré que hago con estos datos, me digo a mi mismo y guardo el apunte dentro de una agenda sobrecargada de papelitos.

Entonces vuelco la página del diario, para encontrarme con un encabezado a 6 columnas: “Gays filman una película pornográfica en iglesias”. Y entonces comprendo cual debió ser el tema que pareció sugerirme el 'jefe'. Un título así, tan contundente, lleno de morbo y a la vez anárquicamente atrapante, casi ofensivo, termina por convencerme de que estoy ante un ejemplo magistral de seducción de las masas. Además, por cierto, este tema sin duda dará pie a un amplio y atractivo espectro de investigación. Y no deja de estar muy relacionado con el comercio sexual que instantes antes estuve oteando. Arranco el artículo procurando no cercenar el texto que me interesa y lo doblo para meterlo dentro de la misma agenda anterior. Voy a leerlo después.

No puedo evitar relacionar esta nota con la polémica puritanista, de bajo nivel claro está, que parece estarse suscitando en el país del norte; donde la nominación al oscar de “demasiadas” películas de trasfondo homosexual (las magníficas “Transamerica” y “Capote” además de la notable “Brokeback Mountain”) escandalizó a algunos sectores mientras permitió quitarse los tapujos a otros cuantos, claro que esto está restringido a la Academia Hoolywodense, tan hipócrita como siempre. Hablaban de un "estallido gay", que no creo que pueda existir mientras lo midamos por un par de películas de excelente factura. Pero este es otro tema, ajeno por ahora a lo que nos interesa eventualmente y en nuestro contexto.

Sonrío socarronamente y antes de leer la nota que acabo de separar, decido empezar entrevistando a un sacerdote homosexual que conozco, a quien otorgaré la mayor reserva posible. Lo llamo por teléfono y lo cito para conversar, no le revelo el tema a tratar más por discreción que por mala fe. Él, afable como es y con gran displicencia, decide aceptar mi invitación para esa misma tarde - noche en un céntrico café de la ciudad. Entonces el día se hace más tranquilo y parece encaminarse hacia algo provechoso. Es verdaderamente maravilloso poder encontrar un norte, aunque medianamente cierto, en este farragoso mundo del periodismo investigativo, tan venido a menos en Bolivia.

Y así pasará el día, entre sus banalidades usuales y algún punto poco interesante para lo que hace a esta crónica.

Esa tarde, poco antes de la hora señalada para el encuentro, me acerco a la oficina del editor y le anuncio el tema de la nota que voy a abordar. “He visto el periódico que me dejaste, y creo haber encontrado el tema para el próximo número.” Comienzo diciendo, procurando amainar el vendaval antes de siquiera desatarlo. “Dime…” contesta el editor sin siquiera alzar la cabeza y prolongando con desagrado la última sílaba de esa palabra. “Será sobre un cura gay” espeto en mi característico estilo, desmelenado y directo. El editor primero no puede dar crédito a lo que acaba de escuchar y en medio de su pasmo refuerzo mi mensaje, “sí, de eso va la nota que me pediste, ¿no? Ahora ya estoy saliendo a entrevistarlo. Me lo saludas al Cardenal, eh.” Remato quizás en afán cómico mal entendido por mi “jefe” que fuera de sí me advierte que semejante nota no verá la luz jamás en un periódico como este, respetable, serio y con tradición, como me dice él en un retahíla de deliciosos epítetos auto laudatorios. Yo escuchó sin realmente prestarle la más mínima importancia y pongo cara de “haber que haces ahora, ¿no?”. Entonces, sabiendo él que me incitó, de alguna forma, a hacerlo, decide sacarme de su oficina de manera un poco ruda, pero comprende a tiempo que su dominio sobre mi es puramente jerárquico institucional y no físico y prefiere levantarse y salir él de su oficina, todavía rezongando en contra mía.

Entonces levanto mi grabadora y el bloc de notas, los meto en el maletín, junto con mi “famosa” agenda, que suelo llevar a este tipo de encuentros, y cruzo la puerta del edificio del periódico; empezando a trabajar en una nota que, si no sale publicada, como firmemente me amenazó con hacer mi editor, tendrán sin duda “in extenso” aquí en este blog. Sin embargo, por de pronto, los mantendré al tanto de la investigación desde aquí, mientras la llevo adelante.

Entonces hasta el próximo post me disuelvo.


Con todo pudor,


Toussant

Saturday, February 04, 2006

Dame eso… ¡Comete esta gran puta!

El vidrio cargado de heces de mosca que soporta mi todavía mugrienta y atolondrada cabeza se sacude sin cesar, vibra como desesperado por quebrarse y ya no soportar más el traqueteo de la vía de piedras. Llevo así casi tres días consecutivos y ya no me interesa más cuanto pueda haber comido mi circunstancial compañero de asiento, ni el olor a guiso de sudor que impregna todo el ambiente, ni el ventarrón parduzco que nubla toda la vista al caer la tarde. Mi barba sigue allí, pero ya no importa tanto y hasta planeo conservarla. Apesto peor que los pescados de río que encerraron en la maletera de la flota hace dos días y que con el calor y la humedad hoy ya están casi tan putrefactos como los que compramos normalmente en el mercado urbano, ya casi están en su punto…

Todo lo que tengo por compañía es un fajo de servilletas que compré junto a una bolsa llena de salmonella, papas y huevos, de la que me deshice tan rápido cómo pude, detrás de las ruedas de un camión atascado en el camino; y un lapicero negro casi sin tinta, de alguna marca innombrable, que cambié por unos calendarios del año pasado con un niño en otra parada. No puedo evitar sentirme culpable por semejante cosa, pero el chico sabrá entretenerse con las “conejitas” alegres que adornaban el reverso de los mismos.

Con la billetera casi tan vacía como mi estómago decido usarla para apoyar en ella las servilletas y comenzar a escribir. Afiebrado como estoy no extraña que comience por dibujar un caligrama dadaísta que despierta la desconfianza de la señora que está a mi derecha, seguramente leyó las palabras obscenas que estaban a estribor de la nave que delinee con variaciones de la palabra sal, y es que era un mar un tanto calenturiento.

Descarto este primer intento y poniendo cara de catedrático universitario europeo comienzo a dictar, en el más correcto francés, un manifiesto del arte cómo método. Lo recito en una suerte de “voz de cortejo” más próxima al graznido de un cantante de cumbia que al ritmo iambico shakespeareno, que a fuerza de “condicionamiento operante” (palo y grito, entiéndase) me enseñaran mis europeos maestros de artes escénicas. Parece que la señora de al lado mío tuvo suficiente y está siempre a punto de saltar lo más lejos posible de su asiento para evitar el contacto con mis desvaríos. Tampoco termino de convencerme y decido dejar volar la servilleta rayonada por la ventana entreabierta a mi derecha, surcando el espacio directamente delante de las caras de dos o tres otros pasajeros. Cosa de la que me arrepiento ahora porque primero que ahí comencé a hacerme mala sangre con el par de rudos agricultores sentados directamente a mi derecha, más allá del pasillo donde dormitaban niños y bultos de hortalizas por igual.

Finalmente comienzo yo también a dormitar, para tranquilidad de mi compañera de viaje que parece sosegarse con el tejido que tiene entre manos. Apoyo mi cabeza en la ventanilla entre abierta y comienzo a adormecerme escuchando el viento cortar los laterales de la flota, excepto cuando nos cruzamos con otro manchón de color, raudo, estirando su silueta por entre las ventanas y ojos de los pasajeros. Finalmente me abrigo en el fresco olor a bosta húmeda que penetra desde la selva que nos rodea por todas partes y cedo al influjo del cansancio.

Despierto finalmente. Es alguna otra parada de los cientos que hicimos y las otras tantas que restan por hacer. Ya hay menos gente en la flota y parece que todos, el chofer incluido, han bajado probablemente a comer algo. Al menos el olor a carne asada y frituras rancias que me llega desde una posada desvencijada, que parece ser una chichería de otra dimensión, lo denota así. El sol está muy alto y unos reflejos anaranjados tiñen totalmente la quejumbrosa atmósfera cargada de calores de toda suerte.

Dentro de la casucha, y todavía chorreante de sudor y babas post siesta, el clima indolente me obliga a remojar mis labios en un poco de chicha que se me ofrece desde el otro lado de la mesa. Agarro el casco que contiene un menjunje pastoso y de reflejos grasos y lo apuro por el gaznate, obviando el olor a crema agria que despide. Nunca he sido un gran cultor de la chicha pero me pido un par de jarras más que bebo disfrutando de la musicalidad de la charla de la mesa del fondo, que finalmente se transforma en un estallido de cantos y bailes cuando el impulso alcohólico hace severa mella en uno de los comensales que en un arranque de espontaneidad se levanta y comienza a zapatear, con rabia y sin ritmo, improvisando una melodía de silbidos y gruñidos de borracho. Toma a una joven por el brazo, no del todo contra su voluntad, y la zarandea a su gusto. Se levantan otros de sus compañeros y le siguen el ejemplo, corre la chicha. Uno de ellos cae sonoramente para dar de bruces en el suelo, es nuestro chofer… Tarda lo suficiente en levantarse como para permitirme ver que no está en condiciones de conducir, pero eso no ha importado nunca realmente. El espectáculo continúa por un largo rato, entre tanto yo sigo refrescando mis interiores con más y más chicha; cada tutuma me parece más deliciosa que la anterior y veo ante mis ojos transfigurarse el lugar. Y ya no me hallo en una extraviada chichería en plena ruta entre el Alto Beni y Los Yungas, sino en el más refinado café intelectual de cualquier boulevard bohemio de Buenos Aires, o del propio Montparnasse.

Una vez me siento lo suficientemente borracho como para empezar a escupir pequeños sonetos de color marrón sobre mis servilletas, alargo mi mano al bolsillo de mi deshilachado pantalón para descubrir que mi billetera y mis servilletas se han ido. Más que no poder pagar la bebida me preocupa perder mi último tizón de lucidez en este arrebato de locura. Además, poco después, cobro conciencia de la necesidad de pagar. Recupero la conciencia lo suficiente como para idear un plan. Pido otra jarra de chicha y me levanto oscilando como carabela en alta mar. Tengo que encontrar una forma de escapar de ahí. Pregunto donde está el baño y me contesta una cara muda, a caballo entre el espanto, la burla y la ininteligibilidad, y decido salir a mear en la rueda de algún camión de papayas o café.

Saliendo, y todavía en un estado de equilibrio poco comprensible para aquel que no haya bebido nunca con chicha, veo en una mesa cerca mío a los dos pasajeros de la flota que se sientan a mi derecha. Sus rostros no denotan nada, pero el fajo gordo de cuero café que estalla en el bolsillo de la asquerosa camisa, obscenamente abierta, que lleva el más gordo de ellos (el otro es un sujeto pura y claramente leptosomico, de rasgos típicamente cruceños) desnuda detrás de este todavía otro objeto, alienígeno a esa estampa, que parece ser mi billetera. Entonces sé que he sido robado. Y supongo que por quién. No me preocupa demasiado pero igualmente se los sugiero con gestos, “lo sé pendejos de mierda”, y marcho a cumplir con mi micción.

Casi toda la chicha sigue su curso natural a través de mi cuerpo y siento el alivio de la preconciencia llegando a mi mente. Ya atardece y los primeros pasajeros comienzan a regresar a la flota muy lentamente. Me siento en la tierra, apoyado en la pared torcida de la chichería que comienza a sonar como un avispero y aguardo. Arrastran al chofer desvanecido, tratan de hacerle reaccionar con agua sucia, soplos de aire y hasta colirio, que le hacen beber; vamos a necesitar suerte para re – emprender el viaje. Apartando la vista comienzo a recordar mi estancia pasada en la comuna hippie del Alto Beni, mi fallida rebelión capilar, mi huida y mi encuentro con los peculiares señores que me acogieron, hasta mi estancia en la carceleta del profundo Madidi… No termino de comprender cuando y donde estoy, que estuve haciendo antes y que quería hacer, menos que debería estar haciendo, la ola de realidad se funde con la pesadilla y la memoria da mayor crédito a episodios fabulados que a otros verídicos… sigo divagando medio obnubilado y en estado de pre –vigilia alucinatoria, cuando veo al par que me interesaba encontrar cruzar el umbral.

“Dame eso” le digo al gordo, encarándolo yo todo muy viril. El sujeto da un paso atrás y trastabilla un poco, pero su amigo, el silencioso ectomorfo, me grita con un balbuceo gutural “!Comete esta gran puta!” y se lleva la mano a la ingle con un gesto más cómico que amenazante. Ante mi risita ofensiva el sujeto parece reaccionar y me pega, con una botella y la fuerza de un camión, en toda la nuca. El gusto salino que comienza a inundar mi boca se termina en convertir en árnica cuando, a pesar de encajar tremenda patada de parte mía en pleno estomago, el hombrecillo arranca de su cinto una manopla con la que comienza a descargar palmadas furibundas en mis sienes. Logro esquivar al menos un par de ellas y le aplico un simple pero contundente puñetazo en la nariz. No veo sus efectos pero siento mis dedos “de delicado poeta a la Wilde” magullados y doloridos, porque el gordo embiste como un minotauro y me lanza contra la pared. Para suerte mutua doy contra el alfeizar de la ventana y quedo ahí tieso y dolorido, inerme y desvanecido.

Pero pierdan cuidado, no se cuanto de esto fue cierto porque al despertar, el día aparentaba ser otro muy distinto. Los trinos de las aves vespertinas acusaba que quizás todo fue producto del alcohol, pero mi billetera seguía sin aparecer y no podía asegurar el haber recibido o dado algún tipo de castigo; la tierra mojada y el rocío habían lavado mi cuerpo y sacado cualquier rastro de violencia de él. Mi flota naturalmente ya no estaba. La chichería era ahora una respetable pensión de ruta y mi cuerpo no sentía mayor dolor que el de una resaca completa. Me levanté con calma, recogí las planillas de pasajeros de la flota que me transportaba, en la que mi nombre estaba misteriosamente tickeado, sin haber yo abordado; y que estaban desparramados por el sitio. Me encogí de hombros y comencé a escribir en el reverso de la misma estas líneas en las que relataré, en un racconto improvisado, la relación de este mi periplo. Y mientras termino de llenar la primera de todas las hojas, veo llegar una nueva flota, de la cual seré polizón si es que pienso llegar algún día a Los Yungas.

P.S. : Como verán ya estoy a salvo y en medio de la civilización, así que para no perder el interés iré dosificando las entregas de esta aventura que viví y hoy simplemente cuelgo al blog, sin editar lo que pude escribir en medio de los acontecimientos.

Así que hasta el post entrante, me disuelvo.

Con todo pudor

Toussant

Sunday, December 18, 2005

Mejor Hoy, si sabe lo que le conviene, Vote Pensando:

  • Vote pensando si es que en un futuro no muy lejano usted podría querer arrepentirse de no haber contribuido a la “muerte política” (desaparición y perdida de personalidad jurídica por no haber alcanzado un mínimo de votos) de este o aquel partido.
  • Vote pensando si es que el candidato elegido en cuestión estaría dispuesto a votar por usted, dada la situación.

  • Vote pensando que el candidato que está en la papeleta no lo conoce y probablemente no le interesa demasiado su voto.

  • Vote pensando que el próximo funcionario público que le pida coima llevará los colores del partido ganador pintados en la cara

  • Vote pensando que la democracia no empieza ni acaba en un voto insignificante que no define nada de manera aislada

  • Vote pensando que si las cosas no salen como se quiere siempre podrá rectificar y botar

  • Vote pensando en cuanto hará enriquecer a los señores que se esconden tras la figurita sonriente del presidenciable, que lo mira desde la papeleta, con las millonarias dietas que recibirán los siguientes cinco años.

  • Vote pensando que el viaje de verano a Palm Springs, el Hummer del 2006 o el terno Sillerico se lo pagará usted, al menos en parte, al candidato por el que vote como diputado.

  • Vote pensando si después podría darle vergüenza admitir por quién fue su voto.

  • Doble Implicación : Vote pensando si le daría vergüenza decir que , dado el caso, ese candidato votaría por usted.

  • Corolario : Vote pensando que tendrá que decir por quién voto, le guste o no.

  • Vote pensando como votaria usted si fuese:


    o Político Tradicional
    o Nuevo Político “Light”
    o Nuevo Político “de a de veras”
    o Acróbata de circo
    o Domador de fieras
    o Cura
    o Periodista de “Unitel”
    o Veterano de la "Guerra del Gas"
    o Empleada domestica
    o Militar
    o Futbolista
    o Homosexual
    o Chileno
    o Camba
    o Chapaco
    o Colla
    o Ciudadano Americano (Gringo)
    o Cocalero
    o Comerciante Minorista
    o Evasor de Impuestos
    o Falso Textilero
    o Textilero de verdad
    o Evasor del Servicio Militar
    o Subversivo Socialistoide de Poca Monta
    o Zona Sur La Paz
    o Reina de Belleza
    o Ciudadano del Alto
    o Tecnócrata Neoliberal
    o Trosko de vieja guardia
    o Hijo del Mallku
    o Intelectual de clase media

  • Vote pensando en cuanta gente que usted no conoce o no quiere especialmente, se beneficia con su voto.

  • Vote pensando si usted tiene suficiente para comer, y cuanto come regularmente el candidato en cuestión.

  • Vote pensando como le gustaría que fuese la próxima papeleta electoral, y cuan pronto quisiera volver a votar.

  • Vote pensando cuantas balas equivaldrán a su voto cuando haya necesidad de volver a usar la fuerza para pacificar los movimientos sociales.

  • Vote pensando con que mano va a marcar la papeleta

  • Vote pensando si le gustaría que el próximo gobierno sea muy parecido al anterior y también al siguiente.

  • Vote pensando si su candidato es Boliviano y cuanto significa esto para usted.

  • Vote pensando si su empleada domestica ya le habrá preparado el almuerzo, y si es que realmente sabe usted su nombre completo, y la trata con el respeto que se merece.

  • Vote pensando si usted tiene empleada doméstica, y porqué?

  • Vote pensando si su empleada doméstica es de origen nativo (bueno bueno, mestiza) y si le gustaría que fuese menos “nativa”, o si esta hipótesis le parece ofensiva.

  • Vote pensando cuantas veces dijo usted la palabra “indio” o “cholo” con desprecio.

  • Doble implicación : Vote pensando cuantas veces le dijeron a usted “indio” o “cholo” con desprecio.

  • Luego : Vote pensando si le gustaría que a sus hijos les digan, o peor aún que ellos dijesen, con desprecio “indio” o “cholo”

  • Corolario : Vote pensando si está bien decir “indio” o “cholo” con desprecio.

  • Vote pensando si esta es una palabra común en el léxico de su candidato.

  • Vote pensando que su voto podría no valer más que para hacer una nueva juntucha y mediante componendas subir a un candidato que no le agrada a usted a la silla presidencial.

  • Vote pensando si la silla presidencial es cómoda y si la banda y la medalla vienen en tallas diferentes.

  • Vote pensando que el tiempo que tiene para votar es limitado y ya habrá alguien afuera esperando entrar a hacerlo

  • Vote pensando que toma muchas agallas votar, porque el abstencionismo o el nulo desmerecen la lucha por la Democracia tan largamente añorada y tan dolorosamente luchada.
  • Vote pensando que votar no es tan malo.


  • Vote pensando que nadie sabrá si devolvió la papeleta tan igual que como la recibió.


  • Vote pensando que podrían contar mal los votos en su mesa electoral.

  • Vote pensando que al final de cuentas al menos usted puede votar.

Toussant

Saturday, September 17, 2005

Guía para Perpetuarse en el Poder, Malvender un País, Joder al Prójimo y Forrarse en Dinero Estatal sin Realmente Intentarlo

O

Hágase Presidente en Bolivia : Una Tragicomedia en Tres Actos



ACTO I DE CÓMO LLEGAMOS A DONDE LLEGAMOS

O

CUÁN AL FONDO REALMENTE ESTÁ EL FONDO


No puedo decir que estemos comenzando la carrera proselitista rumbo a las elecciones generales de Diciembre próximo, ni mucho menos; sería una falacia digna de un candidato en pleno fragor de la campaña pues, como sabemos, allí se jura y perjura según necesidad; los únicos amigos de verdad son los apolíticos, que cada vez se cuentan menos dado que se percatan que pueden agarrar alguna “peguita” si a uno le va bien o simplemente deciden calzarse el gorro napoleónico y montarse en la aventura política ; y ni siquiera se respetan las lealtades familiares (preguntémosles sino a los hermanitos Paredes, o para aquellos que gocen de una memoria política de largo plazo, desdichados de ellos, el recordado caso del Capitán que negó tres veces a su propio suegro en otra de sus legendarias metidas de pata.) entonces evitando salpicarme más con la pestilencia de los políticos y su praxis deberé comportarme con rigor y rectitud, muy a pesar mío, evitando los devaneos literarios y frenando al máximo la probable alteración (¿intencional?) de la información a analizar.

Regresando al tema de la prontitud del inicio de la campaña presidencial, pues es verdad que algunos de los infaltables, entiéndase que no es estrictamente lo mismo que sobrantes, vivillos políticos nuestros comenzaron a oler a elecciones, ustedes sabrán decirme si es más bien un hedor, tan pronto como el ex Presidente Mesa se daba los primeros baños de masas en una costumbre populista que se le hizo bastante frecuente, me imagino qué por el balsámico efecto que tendrían sobre su lascivo ego, simples conjeturas ya ustedes comprenderán... Y es que era natural que le siguieran, al ex Presidente claro esta, como moscas; Mesa gozaba de altísimos niveles de aprobación, ojo que aún es el “candidato” preferido en las calles para desgracia de muchos, y era entonces el ancla visible más segura para las elecciones venideras pero en aquel entonces aún inciertamente lejanas; sumado a su pose, siempre hablando de Mesa, de émulo de héroe griego que intentaba perpetuarse en el poder dada su condición de salvador único y primigenio de la patria, como él mismo se creía, le hicieron un boleto seguro al poder.


Un punto impasable y relacionado al síndrome Mesa es el del actual (pasado el 15 de Septiembre) transfugio descarado que estamos fomentando, y digo esto porque seguimos votando por los mismos señores a los que llamamos tránsfugas, rateros, ganapanes, honorables y un largo etcétera, con todo respeto y liviandad , y es que no se presentarían ni con una u otra sigla si no los eligiésemos!, puesto que los insultos no mellan nada que semejante dieta no pueda curar, verdad? Además, como podremos ver en otros posts, cabe resaltar el grandilocuente retorno de CARLOS D. MESA, así con mayúsculas, a la televisión para contarnos “su” Historia de Bolivia (entiéndase que la “Historia Boliviana” ™ es una marca registrada y patrimonio familiar del clan Mesa, no es el caso que la versión de la Historia que comenta el ex Presidente difiera en algo de lo que hace tanto tiempo “disque” pasó, pero ese es otro cuento), todo lo que trae a colación la postulación de periodistas, comunicadores y analistas a cargos políticos (libre de cualquier animadversión o simpatía para con ellos, pero ya les va a tocar el turno de ser descuerados, esperen nada más, ustedes siguen) y las implicaciones de un zozobrante sistema político partidario apuntalado por engendros abortados por el mismo pútrido sistema (las Agrupaciones Ciudadanas alias “Permiso de Transfugio” o “Desinfección de Políticos”) y tantos otros puntos que tendremos el gusto de tocar más adelante (al menos es como está proyectado este montaje “tragicómico” electoral).

Regresando en el tiempo a Mesa y su galanteo con el poder político, las masas y cosas peores…

Qué lástima que se les cortó la leche tan pronto, y es que Mesa se hizo de “mala leche” con Evo, su consorte no oficial durante el principio de su gobierno, y además el pueblo se cansó de tener en palacio un golem de verborrea interminable y seductora pero que a la hora de la acción se escondía o prefería tirar dardos a cualquier lado intentando desembarazarse de tanta atención no solicitada, que las cámaras queman cuando no se hallan solícitamente enfocadas, verdad señor Mesa? Sus amigotes radicales socialistoides no le quisieron comprar el referéndum y se le agotó el crédito con la “ayuda” extranjera, sintió el escozor de la soga al cuello y con la destreza de todo un matador en el ruedo, o para ser fieles a nuestro imaginario, se hizo “el del otro viernes” y se compro tiempito adicional en el poder prometiendo el oro el moro a todos cuantos se le plantaban y le demandaban cualquier cosa que fuera, por improbable que resultase. Y así terminó embrollado sin haberse percatado cuando le empezaron a comprometer las proMESAs populistas y cuando le dejó de ser efectiva la verborrea, y tuvo respuesta, preguntesela a la gente de “a pie”, perdonaran el abuso de lugares comunes, a esa que alguna vez le supo apoyar y seguir inopinadamente durante los prolegómenos de su caída en picada.

Y las masas que antes le arropaban terminaron por echarle, más pronto que tarde, en un litotes necesario para el caudillo pírrico; y no hubo ni “Siglo de Pericles” ni “Terror de Robespierre”, solamente fue un “Culebrón Mesa” con Carlitos como el galán del momento (nunca mejor dicho) y de sus amoríos prohibidos con la sirvienta y su madrastra ricachona, al mismo tiempo, claro está, para darle mayor morbo a la cosa y no quedar mal ni con estos ni con aquellos, ni con media lunas ni con bloqueadores; producido, según ciertas fuentes afirman, no por Televisa sino por un consorcio entre Venevisión (escrita, estelarizada y amamantada por cierto Coronel malhadado) y un bonachón ex amigo de la familia afincado desde Octubre de 2003 en Miami, junto con su inseparable lugarteniente... Super y Despistado escuché por ahí? ... pero el Chulupi es el Súper no?

Y así, más o menos ya que mi imaginación perniciosa junto a mi frágil memoria son un pésimo dúo documentalista, peor aún si es que por ampliar mi tiraje insisto en remarcar la cochambre y saltarme los interludios sin interés alguno para propósitos narrativo – analíticos aquí deseados, así llegamos a donde estamos. ¿Cuán al fondo del pozo estamos? ¿Acaso se puede seguir cayendo? Y quién dice que no? Mejor no les retamos, que en el parlamento todavía se están guardando lo más bochornoso para el grand finale, y con nuestros personajes nunca se sabe, estos no tienen límite en lo que respecta a avergonzarse, denigrarse o meter la pata, para esto les pagan, o si no de que cobrarían?, pues así vistas las cosas es lo menos que nos deben por tan altas “dietas” (que nombre tan poco apropiado, deberían llamarse “engordes” para ser más representativos con su concepto) y gracias al cielo que estos sujetos están más que dispuestos (Gracias “Filipo”, eres un ídolo, no se si será producto de tu senilidad pero sin duda eres el único de todo el circo que esta a la altura de los grandiosos miembros del añejísimo Senatus Romanus. No tienes parangón don Filemón.) No se si el asunto de la profundidad de la [falta de] dignidad en la práctica política nacional lo tratan en “Deep Troath” pero al menos allí nos muestran cuanto metidos en el atolladero seguro que ya estamos.

Vuelta a la realidad, que no por dura debemos eludir, si es nuestra principal fuente de diversión, o no? Que si tanto nos preocuparíamos, como sin duda cabe hacerlo para sonar tan intelectual, centrado e instruido como el viejo Cayetano, el sesudo Linera (como le han rebautizado hasta sus propios “compañeros” de frente, y a quién ciertamente se va a extrañar en sus análisis), o el insufrible de turno que se apee al estrado; hace rato que no tendríamos ni hígado ni vesícula y las úlceras nos perforarían como alfiletero de lado a lado; pero de repente las cosas estuviesen mejor de lo que están, de pronto estamos tan jodidos como estamos hoy por esta crónicamente endémica falta de seriedad y compromiso; no sé, no sé , en fin mejor ni mirarse al espejo . Por eso es mejor verle el lado anárquicamente delicioso al despiole imperante, así de pronto logramos algo sin realmente intentarlo, en serio eh.

El actual Presidente Rodríguez, que llegó a la silla como ya todos sabemos, mientras tanto se las arregla con la tan incomoda banda tricolor como puede y perfecciona las artes del escapismo dejando a Houdini chiquitito a su lado, cuando con un mandoble elude cuestiones bastante urticantes de tratar, y que sin duda le incumben. No se cansa de afirmar aquí y allá que es “neutral” y parte de una “transición” y que por tanto no hará nada en contra ni a favor de nada en absoluto, siendo aquella la axiomática proposición de su “gobierno” (de hecho Excelentísimo, ¿no es una declaración de intenciones muy explícita el no detener prácticas atentatorias contra el estado? Perdone la insistencia pero, ¿no significa un subrepticio apoyo a ciertas líneas políticas el permitir que siga vigente la Ley de Hidrocarburos aún cuando es, como sobradamente se ha visto, abiertamente negativa para el país?) Me descubro, sin embargo, ante su preclara intención de mantener el estanque político en total neutralidad y transparencia, evitando cualquier desequilibrio en la frágil “balancita” que usted como jurisconsulto conoce e intenta aplicar a la praxis del poder político; muy loables intenciones, y como prueba fehaciente ya dio usted buena cuenta de un par de funcionarios de alto nivel con cierto sesgo político poco disimulado. Pero todavía usted no se siente Presidente; bueno yo lo entiendo, es usted un hombre bien intencionado, un buen tipo por ponerlo así de directo, que no tenía arte ni parte en el asunto pero acabó embrollado igualmente en la debacle y aunque no quiere ser Presidente, como le contó a ciertos colegas pero off the record .... obviamente, seguramente por temor a salir desplumado del entuerto que entraña el estar de Presidente de este país (no lo digo por el oportunista gallo, que alguna vez estuviera por allá pero que ahora volvió a pescar miskinchos donde todavía le queda tirón político) más que por diferencias con su vocación de hombre de leyes; sin remedio se las tendrá que aguantar hasta que otro le releve, con suerte sin demasiados aspavientos, de la silla peligrosa en cuestión, a saber si no le acortan el mandato por fuerza de carajazo, chicotazo y multa; digo la presión de los Movimientos Sociales legítimos y espontáneos.

Fin del Primer Acto.

***

La próxima tendremos más!. El acto dos de la Tragicomedia, o un Intermezzo si cabe mayor análisis sin abandonar (o entrar al siguiente) acto totalmente; y todo el desmadre político acostumbrado. Calmaos que todavía queda para rato...

Hasta entonces, me despido. Con todo pudor,

Toussant